El Instituto Nacional de Estadística y Censos (Indec) dio a conocer el informe de Intercambio Comercial Argentino (ICA) correspondiente a septiembre de 2026, revelando un saldo positivo de u$s 2.976 millones. El resultado responde a un incremento del 23,5% interanual en las exportaciones, que alcanzaron los u$s 10.036 millones y representaron casi el 60% del volumen comercializado. Sin embargo, estas cifras que el Gobierno celebra como un hito de estabilidad macroeconómica esconden una realidad severa: la contracción del 1,8% en las importaciones (u$s 7.060 millones) es el síntoma directo de una industria nacional paralizada que ha dejado de demandar insumos y maquinarias para la producción.
El mapa del comercio exterior expone además la vulnerabilidad estratégica y la profunda dependencia que la Argentina mantiene con las principales potencias globales. Durante el período analizado, China se consolidó como el socio comercial más activo pero generó para el país un severo déficit de u$s 831 millones, producto de una caída del 23,8% en las ventas argentinas hacia ese destino frente a compras por u$s 1.817 millones. De manera similar, la relación con Brasil arrojó un saldo negativo de u$s 169 millones, mientras que los únicos superávits significativos se registraron con Estados Unidos (u$s 379 millones) y Chile (u$s 640 millones).
Esta acumulación de divisas por la vía del comercio de bienes contrasta radicalmente con el ahogo que padecen a diario los sectores productivos y la ciudadanía en las provincias. Mientras los dólares de las exportaciones quedan retenidos en los circuitos de liquidación sin traducirse en mejoras salariales ni reactivación del mercado interno, la brecha entre la macroeconomía de los grandes complejos agroexportadores y la economía cotidiana de las familias santafesinas se profundiza. Exigir que los beneficios del superávit comercial impacten en el desarrollo de la economía real resulta una demanda ineludible frente a u
