En una industria históricamente dominada por hombres y atravesada por la precariedad laboral, un grupo de obreras santafesinas se abre paso a fuerza de carácter en la obra pública más extensa del país. Entre el atado de estructuras de hierro en altura y la coordinación del tránsito pesado en los accesos al nuevo puente entre Santa Fe y Santo Tomé, estas mujeres combinan extensas jornadas de trabajo físico con las tareas de cuidado en sus hogares. Su presencia sobre los 1.324 metros de losa no solo desafía los prejuicios del sector de la construcción, sino que expone las deudas del mercado de trabajo para garantizar equidad de oportunidades y condiciones dignas para las trabajadoras.
Las historias de vida de las armadoras y banderilleras reflejan la realidad de familias trabajadoras que deben multiplicar esfuerzos y recurrir a redes de sostén informal para sostener sus puestos. Desde madres solteras que deben destinar parte de sus ingresos al pago de niñeras hasta abuelas que continúan trabajando en la obra pública, el testimonio de las trabajadoras pone en evidencia la falta de políticas integrales de cuidado que acompañen el esfuerzo de la clase obrera. Pese a las inclemencias climáticas y a la exigencia física cotidiana, la labor sobre la traza se convierte en una herramienta de independencia económica y reafirmación personal.
La concreción de esta infraestructura clave para la conectividad regional adquiere así una dimensión social insustituible, donde el esfuerzo anónimo de las trabajadoras sostiene una demanda histórica de las comunidades de Santa Fe y Santo Tomé. Frente al desamparo y la invisibilización estructural del trabajo femenino, el legado de estas obreras trasciende el cemento y la estructura metálica. Mientras la sociedad aguarda la finalización de los trabajos, el compromiso diario de estas mujeres interpela al Estado y a las patronales para que la inclusión laboral en las grandes obras públicas no sea una excepción fortuita, sino una política permanente de justicia social.
