Las muertes recientes del meteorólogo Fernando Confessore, el boxeador Jorge “Locomotora” Castro y el periodista Gastón “Pampa” Leturia volvieron a poner el foco en los episodios cardiovasculares en personas menores de 60 años. Especialistas explican por qué pueden ocurrir a edades tempranas, cuáles son los síntomas que requieren atención urgente y qué hábitos ayudan a reducir los riesgos.
En apenas un mes, tres reconocidas figuras públicas menores de 60 años murieron tras sufrir infartos: el meteorólogo Fernando Confessore, el boxeador y campeón mundial Jorge “Locomotora” Castro y el periodista Gastón “Pampa” Leturia. Tenían 58, 59 y 52 años, respectivamente.
Las muertes repentinas vinculadas con enfermedades cardiovasculares en personas de mediana edad no suelen ser frecuentes. Sin embargo, estos casos coincidentes reabrieron el debate sobre la prevención, la atención médica y la presencia de factores de riesgo que pueden pasar inadvertidos durante años.
El doctor Alejandro Amarilla (MP 2682), cardiólogo, máster en cardiología, deportólogo y miembro de la Federación Argentina de Cardiología (FAC), explicó que ser joven reduce las probabilidades de sufrir un evento cardiovascular, pero no elimina ese riesgo.
El especialista advirtió que las enfermedades arteriales, como la aterosclerosis, se desarrollan de manera progresiva. En la población general, este proceso puede necesitar entre 15 y 20 años para manifestarse.
En la misma línea, el cardiólogo Hernán Krimer (MN 121.253), director médico del centro Cardiozone, señaló que, aunque los infartos son más habituales en edades avanzadas, también pueden presentarse antes de los 40 años e incluso sin síntomas previos que permitan anticiparlos.
Entre los factores que pueden adelantar la aparición de estas enfermedades mencionó el tabaquismo, el colesterol elevado, la diabetes y los antecedentes hereditarios.
“Una persona de 35 años puede llevar una vida activa, no registrar antecedentes cardíacos y atribuir una opresión en el pecho al estrés, una contractura o una comida pesada. Esa sensación de inmunidad es parte del problema: ser joven reduce el riesgo, pero no lo elimina”, sostuvo Krimer.
El especialista aclaró que no existe una única definición de qué se considera un infarto en una persona joven. Algunas investigaciones incluyen a quienes tienen hasta 45 años, mientras que otras amplían ese rango hasta los 50 o 55 años.
Un análisis que incluyó a más de 280.000 pacientes de entre 18 y 44 años que habían sufrido un infarto identificó el tabaquismo en el 57% de los casos.
Según Krimer, estos episodios generan sorpresa porque contradicen lo que habitualmente se espera para esa etapa de la vida. Sin embargo, las arterias pueden acumular daños durante años antes de que aparezcan señales evidentes.
Por eso, el médico destacó la importancia de identificar los factores de riesgo con anticipación, cuando todavía es posible intervenir y modificar su evolución.
Cuáles son los síntomas que no hay que ignorar
La molestia en el pecho suele ser la manifestación más frecuente de un infarto. Puede presentarse como una presión, una opresión, una sensación de peso o un ardor, explicó Krimer.
El dolor o la incomodidad también pueden extenderse hacia los brazos, la mandíbula, la espalda o la parte superior del abdomen. Entre los síntomas que pueden acompañar el episodio se encuentran la falta de aire, el sudor frío, las náuseas y los mareos.
Ante una molestia nueva, intensa, persistente o que se repite, especialmente si aparece junto con alguna de estas señales, la recomendación es activar el servicio de emergencias.
Esperar a que los síntomas desaparezcan o intentar llegar al hospital por cuenta propia puede retrasar una atención determinante.
Qué sucede en el organismo durante un infarto
El corazón necesita recibir oxígeno de manera permanente a través de las arterias coronarias. Cuando una de ellas se obstruye, una parte del músculo cardíaco comienza a sufrir lesiones, explicó Krimer.
La causa más habitual está relacionada con la acumulación de placas de colesterol y células inflamatorias en las paredes arteriales.
El doctor Alejandro Amarilla describió el mecanismo conocido como accidente de placa: una de estas acumulaciones se rompe y provoca la formación de un coágulo, también llamado trombo. Cuando ese coágulo bloquea la arteria, interrumpe el flujo sanguíneo y desencadena el infarto.
Este mecanismo puede presentarse tanto en personas adultas como en pacientes jóvenes.
Durante el Precongreso ICBA 2026, el doctor Alberto Alves de Lima, director médico del ICBA, también destacó la importancia de consultar de urgencia ante los síntomas de un infarto.
El especialista identificó dos momentos fundamentales para determinar la rapidez de la atención. El primero comprende el tiempo que transcurre hasta que la persona reconoce lo que está ocurriendo y llama a emergencias. El segundo corresponde a la respuesta del sistema sanitario y a la atención que recibe una vez que llega al hospital.
Alves de Lima advirtió que el 50% de los pacientes llega al centro de salud por sus propios medios, una situación que calificó como peligrosa. Según explicó, el traslado en ambulancia puede reducir la mortalidad cerca de un 30%, siempre que el llamado active un sistema de emergencias capaz de responder de forma rápida y coordinada.
Los principales factores de riesgo cardiovascular
El riesgo de sufrir un infarto varía según la edad y los antecedentes de cada persona. Krimer explicó que, antes de los 30 años, estos episodios son poco frecuentes y requieren investigar posibles alteraciones hereditarias del colesterol, consumo de sustancias estimulantes y otras causas menos habituales.
Entre los 30 y los 39 años puede comenzar a manifestarse el efecto acumulado del tabaquismo, la diabetes o la predisposición familiar. A partir de los 40 y hasta los 55 años, aumenta la influencia de los factores de riesgo que se mantienen durante períodos prolongados.
Los especialistas identificaron distintos elementos que pueden favorecer la aparición de enfermedades cardiovasculares.
– Cigarrillo: el tabaquismo daña los vasos sanguíneos, favorece la formación de coágulos y puede generar una contracción intensa de las arterias coronarias.
– Colesterol LDL elevado: puede provocar lesiones arteriales desde edades tempranas. En la hipercolesterolemia familiar, una alteración hereditaria, los niveles elevados están presentes desde el nacimiento. La lipoproteína(a), determinada principalmente por la genética, también puede aumentar el riesgo cardiovascular.
– Diabetes, hipertensión y obesidad abdominal: estas condiciones aceleran el deterioro de los vasos sanguíneos y pueden desarrollarse sin síntomas evidentes. Krimer advirtió que el riesgo aumenta cuando varios factores se presentan al mismo tiempo, incluso si la persona no se siente enferma.
– Estrés: puede provocar aumentos transitorios de la presión arterial y favorecer conductas poco saludables. Sin embargo, atribuir un infarto exclusivamente a los nervios puede ocultar causas que requieren tratamiento. El cardiólogo también aclaró que no todos los colapsos en personas jóvenes corresponden a un infarto, ya que un paro cardíaco puede estar relacionado con enfermedades del músculo cardíaco o alteraciones eléctricas hereditarias.
– Antecedentes familiares: tener un padre, una madre o un hermano que haya sufrido una enfermedad cardiovascular a una edad temprana representa un factor de riesgo significativo. Amarilla señaló que estas personas necesitan controles más estrechos y un tratamiento oportuno de los factores que puedan presentar. Se considera prematuro un antecedente de enfermedad coronaria antes de los 55 años en varones y de los 65 años en mujeres.
– Cocaína, anfetaminas y otros estimulantes: estas sustancias pueden elevar bruscamente la presión arterial y la frecuencia cardíaca, contraer las arterias coronarias y favorecer la formación de coágulos.
– Mal descanso: el sueño insuficiente o de mala calidad también representa un factor de riesgo, aunque suele recibir menos atención. Amarilla indicó que los trastornos del sueño forman parte de los ocho factores esenciales contemplados por la American Heart Association.
Qué dice la evidencia sobre las vacunas contra el COVID-19 y los infartos
En redes sociales circulan publicaciones que relacionan las vacunas contra el COVID-19 con la aparición de infartos a edades tempranas. Frente a estas afirmaciones, el doctor Amarilla sostuvo que no existe evidencia científica de que la vacunación provoque un aumento de infartos en personas jóvenes o mayores.
El especialista explicó que parte de la confusión surge de la asociación entre la miocarditis, una inflamación del músculo cardíaco, y el infarto de miocardio. Aunque algunas vacunas se han relacionado con casos de miocarditis, se trata de una afección diferente.
Amarilla señaló que esta asociación puede llevar a interpretar erróneamente cualquier muerte súbita o infarto como una consecuencia de la vacunación. Sin embargo, afirmó que no hay sustento científico para sostener que las vacunas contra el COVID-19 aumenten la cantidad de infartos.
También recordó que la propia infección por coronavirus puede provocar miocarditis y otras complicaciones cardiovasculares, con una frecuencia mayor que la observada tras la vacunación.
Por ese motivo, el cardiólogo destacó que la posibilidad de desarrollar miocarditis no elimina los beneficios de la vacunación y reiteró que no hay evidencia de un aumento de infartos entre las personas vacunadas.
Cómo prevenir los infartos desde edades tempranas
La prevención cardiovascular comienza con controles periódicos de la presión arterial, el colesterol y la glucemia, además de la evaluación del consumo de tabaco y los antecedentes familiares.
A partir de esos datos, el equipo médico puede determinar si se necesitan estudios adicionales y establecer las medidas adecuadas para cada persona, explicó Krimer.
Abandonar el cigarrillo, realizar actividad física, mejorar la alimentación y tratar la hipertensión, la diabetes o el colesterol elevado son algunas de las medidas que contribuyen a disminuir el riesgo.
Cuando existe una alteración hereditaria, mantener hábitos saludables continúa siendo fundamental, aunque en algunos casos también puede ser necesario recurrir a medicamentos.
Amarilla remarcó que no fumar y seguir un patrón de alimentación de tipo mediterráneo son dos pilares de la prevención. Esto implica incorporar frutas, verduras, legumbres, harinas integrales, pescados y frutos secos.
El especialista también recomendó asegurar un aporte adecuado de proteínas y fibra, y reducir el consumo de productos industriales y ultraprocesados con altos contenidos de azúcar, grasas y sodio, debido a su relación con un mayor riesgo cardiovascular en personas jóvenes.
La actividad física es otro componente central. Según las recomendaciones internacionales mencionadas por el cardiólogo, se aconseja realizar entre 150 y 300 minutos semanales de ejercicio de intensidad moderada. Cuando la actividad es intensa, puede alcanzarse el objetivo con la mitad de ese tiempo.
A esto se deben sumar ejercicios de fuerza al menos dos días por semana. Amarilla explicó que estas pautas representan una base mínima y no un límite máximo: aumentar la actividad física, dentro de las posibilidades de cada persona, contribuye a reducir el riesgo cardiovascular.
También advirtió que permanecer sentado durante la mayor parte del día constituye un factor de riesgo frecuente. Por eso, recomendó incorporar pausas activas cada 40 minutos, levantarse, moverse y sumar desplazamientos a pie a las actividades cotidianas.
Hacer deporte no elimina el riesgo de sufrir un infarto
Uno de los puntos destacados por Amarilla es que practicar deportes o mantener un buen estado físico no garantiza protección absoluta frente a un infarto o una muerte súbita.
El riesgo puede persistir cuando existen factores que no están controlados. Según explicó, el esfuerzo intenso puede representar un peligro mayor si una persona tiene diabetes, colesterol elevado, fuma o presenta un perímetro de cintura aumentado.
Incluso quienes entrenan regularmente pueden sufrir eventos cardiovasculares si conviven con estas condiciones sin un seguimiento adecuado.
No obstante, el especialista aclaró que esto no significa que haya que evitar la actividad física. Los beneficios del ejercicio superan los riesgos, aunque el deporte competitivo de alta intensidad puede implicar una exposición mayor cuando existen factores cardiovasculares sin controlar, en comparación con la actividad moderada.
La evaluación médica permite identificar situaciones que requieren atención y orientar la práctica deportiva según las condiciones de cada persona.
Finalmente, Amarilla sostuvo que la prevención no debe comenzar recién cuando aparecen los factores de riesgo, sino desde la infancia. Los hábitos de vida empiezan a desarrollarse incluso durante el embarazo, y los primeros mil días, desde la gestación, resultan fundamentales para la salud futura.
Por eso, incorporar conductas saludables durante la niñez y la adolescencia puede favorecer que se mantengan en la edad adulta y contribuir a reducir las probabilidades de desarrollar enfermedades cardiovasculares.
