La antesala de la visita de Estado del presidente chino Xi Jinping a Washington volvió a exponer las complejas maniobras de poder entre las dos mayores potencias del planeta. A solo días del encuentro cara a cara previsto para el 24 de septiembre, el canciller chino Wang Yi mantuvo una decisiva comunicación telefónica con el secretario de Estado norteamericano, Marco Rubio. El eje central del intercambio estuvo dominado por la crisis en Medio Oriente y la exigencia explícita de Beijing de conducir la agenda bilateral bajo principios de «igualdad y respeto mutuo», dejando en claro que el gigante asiático no asistirá a la cumbre como un actor subordinado.
La llamada diplomática se produjo apenas horas después de que la cancillería china mantuviera reuniones clave en Beijing con el jefe de la diplomacia iraní, Seyyed Abbas Araghchi, en un intento por articular una mediación que frene la escalada bélica entre la Casa Blanca y el régimen de Teherán. Mientras el presidente Donald Trump prepara un inédito despliegue protocolar para recibir a Xi a pie de pista en la base aérea de Andrews, China avanza exigiendo la reapertura inmediata del estrecho de Ormuz para garantizar el flujo energético global y cuestionando abiertamente el fracaso de la arquitectura de seguridad occidental en la región.
El trasfondo de esta cumbre trasciende el mero apretón de manos entre mandatarios y la agenda comercial. La gira de Xi, que incluye la llegada de una importante delegación ejecutiva y rondas previas entre las áreas de Economía y Tesoro de ambos países, marcará el pulso de las disputas geopolíticas más calientes del mapa global. Para la administración norteamericana, la cita representa el desafío de contener la creciente influencia de China en zonas de conflicto estratégico, en un momento donde el equilibrio de las potencias globales atraviesa horas cruciales.
